Escondida Tras el Crucifijo

La vi caminar entre la multitud, cosa rara porque para mí no era más que eso, una multitud, léase: Una masa asquerosa y palpitante de gente que amenazaba a cada segundo con violar mi burbuja de privacidad, con robarse una tajada de mi espacio personal. Sin embargo, ella me pareció diferente, caminaba rápido, como si estuviera tratando de perderse de alguien, y yo -que trataba de perderme de la multitud- me encontré caminando a su lado.

Era una señora mayor, se veía muy… católica (sin deseos de ofender). Quizás por eso me llamó la atención, verla tan sobria y que las comisuras de sus labios me hablaran de travesuras, verla tan anciana y que sus ojos me hablaran de la juventud eterna de quién conoce el misterio de la vida.
Y me chocó, pues no había culpa en esos ojos, ni en esa sombra de sonrisa. Y busqué desesperadamente una señal, miré su cuello en donde desde un collar de oro colgaba un crucifijo. No lo podía creer. Dejé de analizarla y seguí mi camino.

Al llegar a mi destino, me olvidé de la señora y me sumergí en el maravilloso mundo de la literatura. Una vez al año tengo la oportunidad de encontrar algún libro interesante, que sólo sobrevive por esconderse cubierto de polvo y ser olvidado en la parte de atrás de la estantería con la esperanza de ser encontrado por alguien cuyo nombre no aparece en el diccionario.

Luego de rescatar algunos ejemplares del olvido, voy hasta la caja registradora a pagar, en mi camino encuentro la agenda que estaba buscando y la agrego a mis compras. Esperando en la fila, mientras repaso mi botín, escucho una voz y siento esa sensación de familiaridad. Miro alrededor y la veo de nuevo. A la señora. A la que descolocó mi sensor.

Y escucho: “Agenda… Llewellyn…” El dependiente la mira con desconcierto, no sabe de lo que habla. Yo, sin salir de mi sorpresa, miro mis compras. “¿Será posible? Pero… ¡Tiene un crucifijo!”
La mujer mira por encima de su hombro, de nuevo, esa sensación de que la están persiguiendo, miro sus compras, algunos libros de pintura, uno que otro libro de cocina, punto de cruz y asomando una tímida esquina reconozco al Diccionario de la Botánica Oculta sobre otros libros que no puedo ver. Eso puede significar cualquier cosa, me dice mi mente. Pero la señora insiste, ahora con dos empleados, la agenda aquella, y se acerca al oído del joven y le dice algo, a lo que él abre los ojos son sorpresa y la mira con la boca semiabierta.

Y yo que me dejo llevar por la locura, a riesgo de ofender a la señora del crucifijo, agarro mi agenda y se la muestro. “Perdón, no pude evitar escuchar… ¿Esto es lo busca?”
“¡Sí! ¡Esa es!” responde ella y el empleado que todavía no termina de salir de su sorpresa mira al suelo y dice “No, no, esa es la última… no es… un libro que compre todo el mundo, eran pocas”

Ella suspira con decepción y se va a seguir buscando entre las estanterías algún otro ejemplar que se haya escondido bajo el polvo.

Yo paso unos minutos pensando al respecto y luego me salgo de la fila para buscarla.
“¿Sabe que? Quédese con esta, yo ya tengo una para este año.”

Ella se deshace en agradecimientos, yo le recomiendo otro local en donde podrá encontrar literatura… especializada. Ella me agradece nuevamente “Que Dios la bendiga” -dice ella algo dubitativa, como queriendo decir otra cosa- a lo que yo sonrío y le respondo “Bendiciones… y Feliz Beltane” su sonrisa se amplía como la de un extranjero a quién finalmente le hablan en su idioma. Una mujer que recién entra con dos niños se acerca y le pregunta si encontró lo que buscaba. La anciana esconde su sonrisa y le dice que sí, que encontró el libro de cocina que estaba buscando y algunos otros de punto. Los nietos la miran con una pregunta sin hacer en el rostro, ella sonríe y les guiña un ojo casi imperceptiblemente, yo estoy parada a su lado mirando el intercambio con fascinación, casi sin percatarme que la mujer más joven me mira de pies a cabeza. Yo me fijo en su cuello, un crucifijo; ella se fija en el mio, desde donde cuelga un orgulloso pentáculo. Ella me dice “Disculpe” en realidad queriendo decir “Aléjese de mi familia hermosamente cristiana” yo le sonrío y le deseo un buen día.

Y luego no hago más que alejarme, sonriendo al saber que por sobre todas las cosas, la Tradición sobrevivirá, a pesar de que sea oculta tras el crucifijo, y sintiéndome feliz de poder comprar, cuando quiera, la Agenda de las Brujas sin tener que esconderla debajo de otros libros.

2 comentarios para “Escondida Tras el Crucifijo”

  1. Zlinx Says:

    Salid a la luz Hermosas Damas… No os escondáis en semejantes rincones. El mundo necesita vuestra libertad.

    Me ha encantado el relato :)

    Un beso C.-

  2. Cris.- Says:

    Gracias Zlinx.
    =)

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