La Caminata
Cómo medida ante la guerra que le he declarado al sobrepeso, hace poco decidí ir al Parque Mirador a pasear un rato, es el sitio ideal para las personas que desean hacer un poco de ejercicio y disfrutar de la vista y aire fresco. Para subir al parque hay que pasar la prueba de unos 150 escalones, y no son simples escalones, son de esos escalón-paso-escalón… De los que realmente cansan.
A la mitad ya no daba más, mis rodillas amenazaban con tirarme al suelo en cualquier momento y mi corazón latía tan fuerte que lo sentí capaz de romperme un par de costillas… Así que le pedí a mi compañero que nos detuviéramos un momento. Luego de unos 10 minutos de recuperarme seguimos subiendo.
Para cuando llegué arriba ya estaba arrastrando la lengua por el piso, mi compañero, en cambio, ni siquiera había comenzado a transpirar. Me senté y tomé agua, respiré profundo durante unos 20 minutos, recogí mi orgullo del suelo y comenzamos a caminar. Al cabo de un rato, decidimos trotar un rato y cuando digo “decidimos” lo que realmente quiero decir es: Me dijo que me veía mal y que mejor nos fuéramos a casa y yo por estar de orgullosa le dije que no, que yo estaba perfectamente y que hasta podía correr un rato. Así que terminamos trotando.
–Mi cerebro y mi cuerpo se niegan a trabajar en conjunto–
Claro, no pasaron ni 15 minutos cuando yo ya estaba al borde de un desmayo. Sentía mi cabeza a punto de explotar y mis piernas como que estaban moviéndose de su cuenta, porque había dejado de sentirlas hacía rato. Mientras yo estoy luchando por mantenerme consciente y al mismo tiempo, seguir trotando, nos cruza por al lado un señor, un anciano de unos 70 años, corriendo, o sea, nos cruzó como un bólido. Al ver mi rostro y mi estilo de “en cualquier momento se me resetea el sistema” sonrió y ¡apuró el paso! …Pero soy una niña orgullosa y seguí trotando hasta que lo perdimos de vista… Entonces me detuve y pedí piedad.
Nos sentamos un rato, bueno, mi acompañante se sentó, yo, literalmente, me derrumbé en una banca cercana, no creo que sentarme hubiera bastado. Mientras estaba acostada, mirando al cielo y preguntando que mierda me había pasado, él no dejaba de preguntarme si prefería irme a casa. Mi cuerpo me gritaba: “¡Sí, sí, por favor, síiii!”, pero como siempre, mi cerebro tenía otros planes. Le dije que estaba bien, que sólo estaba un poco fuera de forma, que camináramos un rato más. –Porque correr de nuevo, ni loca, además, creo que hubiera sido físicamente imposible–
Seguimos caminando durante una hora. Entonces vinos al anciano nuevamente, léase que mientras yo casi fallecía, el viejito corrió hasta el final del parque –¡7 kilómetros!– y volvió. Nuevamente me sonrió, pero no fue una sonrisa de “¡Fuerza, sigue así que tu puedes!”… Fue una sonrisa de “Niñata, ándate casa que aquí te puedes lastimar”. A lo que yo claramente tuve que responder “¿Ah sí? Pues al menos yo SI puedo coger!” mi acompañante me miró alarmado, casi seguro de que yo estaba delirando de puro agotamiento, pues, ¿por cual otra razón le gritaría algo así a un amable viejecillo?
Me propuse llegar al final del parque, y lo logré, a duras penas, pero lo logré. –Que los dos días siguientes a esa hazaña apenas pudiera caminar es otro tema–
Mis caminatas llegaron a su fin, definitivamente eso no es lo mío.
.
August 22nd, 2005 at 7:57 pm
Es preferible seguir intentando con las dietas. El ejercicio tiende a convertirse en una tortura…
August 22nd, 2005 at 9:15 pm
Sipe, la dieta sigue, lo mismo que el programa de ejercicios, si bien al principio pensé que moriría en el intento, tengo el placer de informarles que me están funcionando estupendamente bien.
Todavía no he tenido el valor de pesarme, pero una falda que hace mucho que no me cerraba, me sirve de nuevo. (¡No me la quito jamás!)