Querido Sony

Recuerdo la primera vez que te ví, pensé que eras el gatito más feo que había visto en toda mi vida. Tenías poco pelo, y una cabeza enorme, tus grandes orejas te hacían parecer un murciélago, te ví tan sólo y antisocial que fué amor a primera vista, quizás me identifiqué con tu actitud. Sin pensarlo dos veces te llevé conmigo a casa y aunque esto no lo sabes, te llamaste “Lee” durante nuestro primer día juntos.

Eras tan travieso, querías treparte en todas partes y yo me moría de miedo porque te veía tan pequeñito, siempre pensaba que te ibas a lastimar. Recuerdo que durante esos primeros días no querías alejarte de mi lado, me seguías como mi sombra. Hasta aprendiste que cuando me colgaba el bolso era porque iba a salir, y tomaste por costumbre meterte dentro de el y yo felizmente te llevaba conmigo a donde fuera.

Luego nos mudamos a un lugar mucho más grande, te gustaba mucho estar allí. Corríamos por toda la casa en busca de Pinky, tu perrito de peluche de color rosa. Aprendiste a perseguir, a traer, a saltar impresionantemente alto, a verte en el espejo… Y a espantar a las visitas. No me dí cuenta hasta que fué demasiado tarde que mi vida de ermitaña te había afectado también a tí. Pero ¿que importa que seas un poco antisocial cuando eres el gato más genial del mundo?

Me diste un buen susto el día que nos mudamos allí. Había llevado algunas cosas en el auto, y tú, como siempre, fuiste conmigo. Te mostré el lugar y te puse tu collar nuevo, con el nuevo número de teléfono en él. Nunca te gustó llegar collar. Trataste se sacartelo y de alguna forma terminaste haciéndote un lío con él. Tenías el broche metido dentro de la boca y no podía alcanzarlo sin apretarlo aún más. Busqué desesperadamente en las cajas unas tijeras y sólo encontré un cuchillo enorme, traté de usarlo para cortar el maldito collar, pero tú no dejabas de retorcerte y no quería lastimarte. Nunca había estado tan asustada. Cuando te quedaste quieto y dejabas de respirar me armé de valentía y pude cortarlo sin hacerte daño. Te abracé tan fuerte que pensé que te rompería. Nunca más usaste collar luego de ese día.

Cuando comenzaste a coleccionar las hojas que entraban por la ventana me dí cuenta de que te faltaba algo que necesitabas. Un poco de verde. Así que te bajaba al patio en las tardes, pero no te gustó y dejamos de hacerlo. Parecía que te conformabas con sentarte al lado de la ventana a ver los autos pasar.

Tu me entendías… Mejor que muchos humanos que conozco. Sabías cuando me despertaba de mal humor sin que te dijera ni una palabra y te mantenías alejado de mi camino toda la mañana. Sabías cuando despertaba feliz, dispuesta a jugar durante horas… Sabías cuando y como salirte con la tuya.

Durante el tiempo que estuvimos viviendo en ese departamento me hiciste mucho bien. Eras mi compañía cuando me sentía sola. Me mimabas cuando estaba triste. Todos los días me diste una razón para levantarme de la cama… Y para sonreir, aún cuando las razones fueran escasas. Quiero pensar que te hice tan feliz como tú a mí.

El día que nos mudamos a este departamento fué un día memorable. Fué la primera vez que viste a alguien de tu especie. Recuerdo que cuando viste a la gatita rubia de al lado saliste corriendo, te subiste de un salto en el gavetero y te miraste en el espejo, luego volviste afuera y miraste a la gata. Repetiste lo mismo varias veces… Lo que es bastante impresionante, tomando en cuenta que los gatos son casi ciegos.

Los primeros días en nuestro nuevo hogar no te atrevías a salir más allá de la galería. Poco a poco te convencí de que el pasto era algo divertido, y una vez que te acostumbraste al pasto jugabamos a saltar al árbol. Acá también aprendiste muchísimas cosas. Aprendiste a ser gato.

Tuve que tomar la decisión de si quería que fueras sólo para mí, sujeto a mi tiempo disponible y a mis caprichos; o si quería que tuvieras una vida plena. Todos me dijeron que te castrara o que te encerrara. Que un día te ibas a escapar. Pero no les hice caso, nunca fuiste mi prisionero para “escaparte” de ningún lado. No te voy a mentir, ahora mismo me arrepiento un poquito de no haberlo hecho. No porque sea tu culpa, eso jamás, sino porque hay cosas para las que no estabas preparado.

Todas las noches te ibas por ahí, me preocupaba muchísimo, al principio, claro que más tarde llegamos a un entendimiento: Mientras vinieras avisarme que estabas cerca, podías irte de parranda cuando quisieras. Entonces venías todas las noches y maullabas hasta que te respondiera “Sí, te escuché”, luego te volvías a ir y yo me volvía a dormir.

Una tarde te metiste a la casa de al lado, cuando escuché en dónde estabas salí corriendo para allá y encontré que los tres perros te acorralaron en un rincón y me metí en medio para buscarte. Pensé que estarías lastimado, pero los únicos lastimados fuimos los perros y yo. Me clavaste las uñas tan fuerte en el hombro cuando te cargué que seguro que aún tengo las marcas. Lo importante es que ese día aprendiste a evitar a esos animales.

Es por eso que cuando adoptamos a tu hermana no estabas para nada contento. Los perros nunca te agradaron. Siempre le pegaste mucho, y aunque crees que yo no lo sé, sé que lo hacías sólo cuando yo andaba cerca, cuando los dejaba solos se ignoraban completamente. Sabías que era parte de tu manada, porque te defendió muchas veces y tú a ella.

Luego de muchas peleas, con sus respectivas heridas que más de una vez me hicieron llamar al veterinario. Te hiciste rey del barrio y comenzaste a salir todas las noches, de hecho, cuando no salías tus novias venían a buscarte. Cada cierto tiempo algún macho se creía que te podía quitar el puesto, pero tú lo ponías en su lugar… Y luego venías a casa para que yo curara tus heridas de batalla. Me preocupaba tanto por tí, pero te veías tan orgulloso de tu “reino” que no tuve corazón para detener tus aventuras.

Siempre supe que en algún momento llegaría un gato más grande, más joven, más fuerte y te quitaría el lugar. Eran sentimientos contradictorios, en parte lo deseaba, así te quedarías en casa todo el tiempo, y en parte lo temía, porque quería verte feliz.

Cuando llegaste con una herida de soga en el cuello, no le puse la atención debida, se me ocurrió que te habías peleado con un perro o algo así. Me enojé y te grité. Luego te curé y no te dejé salir hasta que estuvo cicatrizada. Una semana más tarde llegaste con una herida igual, pero aún más profunda, en ese momento me dí cuenta de que no era cosa de gatos o de perros. Entonces sí le puse atención. No te dejé salir más, porque hay cosas para las que nunca estarás preparado.

Un día salí de la casa y te dejé dentro. Estabas enojado conmigo por no dejarte salir. Aún no sé como, pero te las ingeniaste para sacarle el seguro a la ventana y abrirla. Ese día fué la última vez que te ví.

Todavía no puedo creer que ya no estás.

Te extraño tanto.

2 comentarios para “Querido Sony”

  1. Ezequiel Says:

    Es muy triste que haya gente que se divierta torturando a los animales…

    Es duro que no lo hayas vuelto a ver, pero esa era su ley…

  2. effects of vicodin Says:

    effects of vicodin

    news

Deja un comentario