Archivo para la categoría 'Delirios Filosofales'

Lluvia

Friday, June 24th, 2005

Hoy salí a caminar en la lluvia. Bueno, no, en realidad, salí a hacer cosas de todos los días y aproveché para mojarme en la lluvia.

Me senté en una banca de un parque cualquiera y la gente cruzaba corriendo y me miraba como si hubiera perdido la razón. Yo me reía de los que corrían como si estuviera lloviendo azufre de los cielos. Es agua por el amor de los Dioses, ¿¡de que carajo corren!?
Es comprensible que las señoras recién salidas de los salones de belleza no quieran arruinar su peinado, o que los ejecutivos planchaditos no quieran mojar sus trajes… Pero ¿de qué corría el joven que recién salía de la piscina?

Hoy comprobé (una vez más) que somos animales… Uno corre, y el resto lo sigue, aunque no sepan ni a dónde.

Filosofando

Wednesday, February 2nd, 2005

Hoy estuve charlando con alguien sobre la vida, la muerte, el karma y toda esa ensalada de conceptos sobre los que aún no terminamos de ponerlos de acuerdo nosotros los humanos, como seres de ciencia, de fé, de imaginación y de tontería en general.

Lo curioso es que luego de discutir, de debatir, de hablar y rehablar lo mismo durante aproximadamente dos horas, así como un relámpago me llegó el recuerdo de algo que había sucedido momentos antes y que me hizo pensar en la forma en la que me complico la vida en ocasiones, y en que la verdad es muy simple y está justo a la vista.

El Pequeño Saltamontes.
Salí al patio a poner una nueva carga de ropa en la lavadora… Lamento mucho arruinar la imagen que tienen algunos de que vivo en una cabaña de madera en lo alto de una colina… Decía, ahí estaba yo haciendo mis labores mundanas, cuando así de la nada, un grillito saltó dentro del agua, instintivamente metí la mano y lo saqué. Mientras lo llevaba a un árbol cercano, el animalito saltó al cesped, en dónde casi de inmediato se acercó una lagartija y lo convirtió en su almuerzo. El grillito era historia.

¿Que demonios había pasado?
Yo le había salvado la vida y en un instante se escapó de las manos… literalmente.
Me enojé con la lagartija asesina, pero yo más que nadie sé que un cuadro de césped puede convertirse en la más salvaje de las regiones si tienes el tamaño adecuado… o el tiempo para sentarte a ver.
Así que sin mortificarme al respecto seguí con lo mío, lo que más adelante me llevó a una larga e interesante conversación sobre lo expuesto al principio de estos desvaríos y no fué hasta luego de dar por sentado todo el asunto que me vino el grillo a la mente. Me pregunté a mí misma, y a mi compañero, aunque los dos sabíamos la respuesta a esa pregunta, si desde un punto de vista karmático hubiera sido mejor dejarlo ahogarse. Después de todo, iba a morir, ¿no?

Y no. Aunque la lagartija se hubiera almorzado al grillo, hice lo correcto en, sin pensarlo, sacarlo del agua, porque en ese caso su muerte no fué en vano, un perfecto ejemplo de cuándo la muerte genera vida.

Pensá… ¿La lagartija se puso a pensar si estaba mal o bien matar al grillo?

Y no. No se lo pensó, actuó como yo, instintivamente.
Así de sencillo, mi cháchara anterior me pareció sobreactuada, extremadamente redundante y exagerada… y simplemente todo estuvo tan claro como el agua: La verdad es muy simple y está justo a la vista.

Bajando la Velocidad

Wednesday, December 22nd, 2004

Hace cuatro años, María asombró sus amigos y familiares renunciando a su trabajo. La razón: Para no hacer nada.
Sus conocidos estaban claramente confundidos. María no tenía esposo, ni hijos, ninguna razón obvia para dejarlo todo así de repente. En las reuniones sociales la gente le preguntaba en dónde trabajaba. Ella respondía que en ningún lado. Entonces le pregúntaban si estaba planeando un viaje. Ella respondía que no. Insistían preguntándole si pensaba casarse. Ella de nuevo negaba. Finalmente ellos dirían que no comprendían… “no entiendo” decían. María respondía “lo se” y se alejaba de allí.

María dice que fué lo más difícil que tuvo que hacer en toda su vida. Irse a casa y vivir sin las presiones del trabajo: No sentir la necesidad de trabajar 12 horas al día para terminar un proyecto a tiempo. No tener que lidiar con los compañeros de trabajo, que nunca le agradaron realmente. No tener que escuchar a su jefe gritarle cada 15 minutos. No tener tiempo ni siquiera para tomarse 10 minutos para almorzar. Vivía a toda velocidad. Se sentía en la cima del mundo… pero no se sentía conforme.

Y así de la nada, siguiendo un impulso, María se vió con 24 horas disponibles para hacer lo que ella quisiera. El problema es que se acostumbró demasiado a la presión. Estaba constatemente nerviosa, ansiosa, pendiente… Le preocupaba que el teléfono no sonara cada dos minutos. Que no tuviera fecha límite para hacer cualquier cosa. Incluso por tener que aprender a saborear la comida de nuevo, se había acostumbrado a masticar y tragar. Se dió cuenta de que se había olvidado de cómo vivir a baja velocidad. Tuvo que aprender de nuevo a tomarse su tiempo.

María actualmente trabaja para sí misma, aún tiene problemas para aceptar el cambio. No se siente tan necesaria, ni tan realizada como antes, cuando toda una compañía dependía de ella. Pero le ha dedicado más tiempo a convertir su casa en un hogar, a disfrutar de los pequeños placeres de la vida: El amanecer, la Luna llena, leer un buen libro una tarde nublada acompañada de una taza de chocolate caliente. Se ha dado cuenta de que hay cosas más importantes que un puesto en una compañía. Y si bien aún está en un proceso de adaptación, ha aprendido que desde el punto A hasta el punto B, hay todo un trayecto lleno de interesantes paisajes que vale la pena disfrutar.

Me pregunto si la necesidad de sentirnos importantes y creernos indispensables es la que nos ha llevado a la naturaleza consumista que padecemos en la actualidad.