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Tengo un Problema…

Thursday, August 31st, 2006

Hace unos días me compré un estuche de lapiceras, tengo muchas, pero tenía una que me gustaba especialmente y se gastó. Me había encariñado con ella, era de tinta negra y no de esas negras que se ven grises, sino negra de verdad. El trazo era el apropiado, ni muy fino, ni tan grueso que dejaba manchones. Quería reemplazarla por una igual, así que me fui de cacería y probé un montón de lapiceras hasta encontrar una que se le pareciera.

Más tarde esa misma semana me compré tres cuadernos, el primero, porque se me había terminado el anterior y necesitaba en dónde escribir todas mis notitas. Ya sabemos que mi memoria apesta, no puedo confiar en ella, así que me la paso haciendo apuntes… Sin mi cuadernito estoy perdida. El segundo lo compré porque el primero era muy grande y no me cabía en el bolso. Y el tercero porque el segundo no era de espiral y suelo arrancar las hojas, además de que tenía una carátula que me gustó mucho.

Unos días más tarde me compré otro estuche de lapiceras, esta vez porque tenía una de tinta amarilla, que nunca me gustó, porque no sirve para nada, es muy clara y nunca se ve lo que escribes, pero lo compré de todas formas, porque no tenía ninguna de tinta amarilla y quería tenerla “por si acaso”.

Luego me compré una lapicera de tinta plateada (en gel) porque me encanta firmar en negro con plateado, sin embargo, ya tengo otras dos de esas. La excusa fue que la nueva tenía un mango ergonómico y las otras dos no.

Hace un momento me compré otras tres lapiceras y mientras trataba de justificarme me di cuenta de que ¡estoy fuera de control!. Escribo mucho, cierto, pero tengo muchas más lapiceras, cuadernos y libretas de los que necesito.

¿Puede que esté manifestando en esta forma miedo de perder la libertad de expresión o sencillamente estoy un poco loca?

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Querido Sony

Saturday, July 22nd, 2006

Recuerdo la primera vez que te ví, pensé que eras el gatito más feo que había visto en toda mi vida. Tenías poco pelo, y una cabeza enorme, tus grandes orejas te hacían parecer un murciélago, te ví tan sólo y antisocial que fué amor a primera vista, quizás me identifiqué con tu actitud. Sin pensarlo dos veces te llevé conmigo a casa y aunque esto no lo sabes, te llamaste “Lee” durante nuestro primer día juntos.

Eras tan travieso, querías treparte en todas partes y yo me moría de miedo porque te veía tan pequeñito, siempre pensaba que te ibas a lastimar. Recuerdo que durante esos primeros días no querías alejarte de mi lado, me seguías como mi sombra. Hasta aprendiste que cuando me colgaba el bolso era porque iba a salir, y tomaste por costumbre meterte dentro de el y yo felizmente te llevaba conmigo a donde fuera.

Luego nos mudamos a un lugar mucho más grande, te gustaba mucho estar allí. Corríamos por toda la casa en busca de Pinky, tu perrito de peluche de color rosa. Aprendiste a perseguir, a traer, a saltar impresionantemente alto, a verte en el espejo… Y a espantar a las visitas. No me dí cuenta hasta que fué demasiado tarde que mi vida de ermitaña te había afectado también a tí. Pero ¿que importa que seas un poco antisocial cuando eres el gato más genial del mundo?

Me diste un buen susto el día que nos mudamos allí. Había llevado algunas cosas en el auto, y tú, como siempre, fuiste conmigo. Te mostré el lugar y te puse tu collar nuevo, con el nuevo número de teléfono en él. Nunca te gustó llegar collar. Trataste se sacartelo y de alguna forma terminaste haciéndote un lío con él. Tenías el broche metido dentro de la boca y no podía alcanzarlo sin apretarlo aún más. Busqué desesperadamente en las cajas unas tijeras y sólo encontré un cuchillo enorme, traté de usarlo para cortar el maldito collar, pero tú no dejabas de retorcerte y no quería lastimarte. Nunca había estado tan asustada. Cuando te quedaste quieto y dejabas de respirar me armé de valentía y pude cortarlo sin hacerte daño. Te abracé tan fuerte que pensé que te rompería. Nunca más usaste collar luego de ese día.

Cuando comenzaste a coleccionar las hojas que entraban por la ventana me dí cuenta de que te faltaba algo que necesitabas. Un poco de verde. Así que te bajaba al patio en las tardes, pero no te gustó y dejamos de hacerlo. Parecía que te conformabas con sentarte al lado de la ventana a ver los autos pasar.

Tu me entendías… Mejor que muchos humanos que conozco. Sabías cuando me despertaba de mal humor sin que te dijera ni una palabra y te mantenías alejado de mi camino toda la mañana. Sabías cuando despertaba feliz, dispuesta a jugar durante horas… Sabías cuando y como salirte con la tuya.

Durante el tiempo que estuvimos viviendo en ese departamento me hiciste mucho bien. Eras mi compañía cuando me sentía sola. Me mimabas cuando estaba triste. Todos los días me diste una razón para levantarme de la cama… Y para sonreir, aún cuando las razones fueran escasas. Quiero pensar que te hice tan feliz como tú a mí.

El día que nos mudamos a este departamento fué un día memorable. Fué la primera vez que viste a alguien de tu especie. Recuerdo que cuando viste a la gatita rubia de al lado saliste corriendo, te subiste de un salto en el gavetero y te miraste en el espejo, luego volviste afuera y miraste a la gata. Repetiste lo mismo varias veces… Lo que es bastante impresionante, tomando en cuenta que los gatos son casi ciegos.

Los primeros días en nuestro nuevo hogar no te atrevías a salir más allá de la galería. Poco a poco te convencí de que el pasto era algo divertido, y una vez que te acostumbraste al pasto jugabamos a saltar al árbol. Acá también aprendiste muchísimas cosas. Aprendiste a ser gato.

Tuve que tomar la decisión de si quería que fueras sólo para mí, sujeto a mi tiempo disponible y a mis caprichos; o si quería que tuvieras una vida plena. Todos me dijeron que te castrara o que te encerrara. Que un día te ibas a escapar. Pero no les hice caso, nunca fuiste mi prisionero para “escaparte” de ningún lado. No te voy a mentir, ahora mismo me arrepiento un poquito de no haberlo hecho. No porque sea tu culpa, eso jamás, sino porque hay cosas para las que no estabas preparado.

Todas las noches te ibas por ahí, me preocupaba muchísimo, al principio, claro que más tarde llegamos a un entendimiento: Mientras vinieras avisarme que estabas cerca, podías irte de parranda cuando quisieras. Entonces venías todas las noches y maullabas hasta que te respondiera “Sí, te escuché”, luego te volvías a ir y yo me volvía a dormir.

Una tarde te metiste a la casa de al lado, cuando escuché en dónde estabas salí corriendo para allá y encontré que los tres perros te acorralaron en un rincón y me metí en medio para buscarte. Pensé que estarías lastimado, pero los únicos lastimados fuimos los perros y yo. Me clavaste las uñas tan fuerte en el hombro cuando te cargué que seguro que aún tengo las marcas. Lo importante es que ese día aprendiste a evitar a esos animales.

Es por eso que cuando adoptamos a tu hermana no estabas para nada contento. Los perros nunca te agradaron. Siempre le pegaste mucho, y aunque crees que yo no lo sé, sé que lo hacías sólo cuando yo andaba cerca, cuando los dejaba solos se ignoraban completamente. Sabías que era parte de tu manada, porque te defendió muchas veces y tú a ella.

Luego de muchas peleas, con sus respectivas heridas que más de una vez me hicieron llamar al veterinario. Te hiciste rey del barrio y comenzaste a salir todas las noches, de hecho, cuando no salías tus novias venían a buscarte. Cada cierto tiempo algún macho se creía que te podía quitar el puesto, pero tú lo ponías en su lugar… Y luego venías a casa para que yo curara tus heridas de batalla. Me preocupaba tanto por tí, pero te veías tan orgulloso de tu “reino” que no tuve corazón para detener tus aventuras.

Siempre supe que en algún momento llegaría un gato más grande, más joven, más fuerte y te quitaría el lugar. Eran sentimientos contradictorios, en parte lo deseaba, así te quedarías en casa todo el tiempo, y en parte lo temía, porque quería verte feliz.

Cuando llegaste con una herida de soga en el cuello, no le puse la atención debida, se me ocurrió que te habías peleado con un perro o algo así. Me enojé y te grité. Luego te curé y no te dejé salir hasta que estuvo cicatrizada. Una semana más tarde llegaste con una herida igual, pero aún más profunda, en ese momento me dí cuenta de que no era cosa de gatos o de perros. Entonces sí le puse atención. No te dejé salir más, porque hay cosas para las que nunca estarás preparado.

Un día salí de la casa y te dejé dentro. Estabas enojado conmigo por no dejarte salir. Aún no sé como, pero te las ingeniaste para sacarle el seguro a la ventana y abrirla. Ese día fué la última vez que te ví.

Todavía no puedo creer que ya no estás.

Te extraño tanto.

¿Somos o No Somos?

Saturday, May 27th, 2006

“Yo siempre tuve la sensación de que me contabas una aventura épica, una pelícua porno, una joya del arte dramático, pero no sobre tu vida de persona de carne y hueso… ” 23 de Mayo, 2006

¿Alguna vez te pasó que te recostaste de una puerta para descansar un rato y la abrieron de repente? En esas ocaciones inevitablemente te caes hacia atrás, y pueden suceder dos cosas: 1) La persona que abre la puerta te atrapa o 2) La persona que abre la puerta se hace a un lado y te caes de culo.

Desde hace varios días me estado preguntando al respecto, no sé por qué dejo que me moleste, quizás es que no sabía que estaba recostada de una puerta, o quizás me golpee tan fuerte el trasero que me ha afectado el cerebro y la capacidad de entender ciertas cosas.

Veran, es que suelo elegir muy bien los lugares de los que me recuesto, antes solía recostarme de cualquier lado y caía bastante, con el tiempo me hice más cuidadosa, es por eso que ahora me veo en el suelo y me pregunto que carajo pasó. Yo había visto bien el lugar, y creía que estaba recostada de una firme pared. Que resultara ser una puerta me ha dejado sorprendida, y algo decepcionada conmigo misma, más que nada porque creí saber la diferencia entre pared y puerta… Y ahora me ha puesto a pensar en todos los demás lugares de los que suelo recostarme, pensando en si son o no paredes, que no haya caido hasta ahora no significa que lo sean, quizás son puertas y no me he dado cuenta aún… ¿El golpe avisará?

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