Los Peligros de Pintar al Óleo
Wednesday, February 23rd, 2005Desde que tengo uso de razón estoy pintando, me encanta, pinto mis alegrías, mis penas, mis aburrimientos, todo lo que se pueda pintar… y a veces hasta lo que no.
Recientemente intenté pintar al óleo. Muchas personas me habían comentado lo fácil que era la técnica -comparada con la acuarela, que es lo que uso normalmente- y bueno, decidí intentarlo a ver de qué me perdía, porque soy de esas personas que dicen que hay que probarlo todo al menos una vez antes de descartarlo… Cuando me digan que el arsénico sabe delicioso, no sé que voy a hacer.
Alguien me dijo una vez que antes de hacer algo yo preguntaba “¿Cómo es más fácil?” y luego de escuchar el método fácil, entonces yo respondía “Ok, vamos a hacerlo complicado”… Por supuesto, no le creí, me considero una persona muy práctica, pero en ocasiones, como en estos días, se me antoja pensar que quizás él tenía algo de razón, porque sólo eso explicaría por qué habiendo tantos lugares en dónde puedo comprar un marco preparado, se me ocurre -de todas las maravillosas ideas que puedo tener- hacer uno desde cero.
Así comenzó mi aventura en el mundo del óleo: Con clavos, estrías, madera y una sierra.
Todos hemos visto un soporte, sabemos como es y no parece difícil de hacer… Cuatro palitos de madera con una tela montada. Seh, claro… Déjenme contarles algo, lo primero es que cortar en ángulos de 45 grados puede parecer muy sencillo pero ¡no lo es! Puede que marcar la madera con un lápiz sea una tontería, pero hacer que la sierra pase justo por la marca sin perder un dedo, es labor de titanes. Sin embargo, lo hice y me quedó bien. -Me niego a confesar que usé tres veces la madera necesaria porque la sierra se movía y cortaba como le daba la gana.-
El siguiente paso era pegar las partes de madera una con otra.
Estoy convencida de que las estrías son el instrumento de Satanás… Y no me refiero a las de mi trasero (aunque esas bien podrían serlo). De las que hablo son de unas plaquitas onduladas de metal que se usan para clavarse en la madera. Hacen su función muy bien, si sólo tuvieran por dónde carajo agarrarse, fuera genial. Cada vez que le pegaba con el martillo o se doblaba o se caía o salía volando por el aire. Pero yo soy perseverante y puedo con todo, (al menos, eso me repito a mí misma todas las mañanas frente al espejo); luego de darme varios martillazos en los dedos y de putear, carajear y mandar a la mierda y más allá a quién las inventó, al martillo, al acero, y al reino ferretero en general, de una forma que haría sonrojarse a un mafioso Siciliano, logré poner las cuatro piezas de metal en su lugar, formando así un hermoso rectángulo con las de madera.
Luego viene eso de montar la tela en el bastidor, pensé que armada con una grapadora de esas grandotas sería facilito… Tampoco lo es. Con una mano hay que estirar la tela hasta que no sientas los dedos, mientras que con la otra manejas la grapadora… y claro, sostienes el marco.
No sé como lo hacen los demás, yo, a falta de manos extra, inventé mi propio método que no es ni seguro, ni recomendable, así que mejor ni les cuento.
¿Sabían que al montar el lienzo hay que cuidar la dirección del hilo de la tela para que no quede hacia cualquier lado? Bueno, yo no lo sabía. Resultando en que luego de tener el primer lado puesto, tuve que quitarlo para enderezar la tela y graparlo de nuevo… Pero no terminó ahí.
Lo intenté de nuevo y al tener tres lados bien puestos me di cuenta que no medí la tela, me sobraba demasiada, impulsada por el dolor en las manos que apenas me dejaba fuerza para tirar del otro lado y repetir lo mismo, decidí ponerlo así y cortarlo con una cuchilla al terminar. Me quedó maravillosamente bien, excepto por algunos hilos que quedaron sueltos… Por cierto, ¿Sabían que el lino es una de esas telas que si tiras de un hilito se sale todo? Bueno, yo no lo sabía.
Siendo perfeccionista como soy, no la iba a dejar así, toda incompleta… Así que desmonté esa tela y puse otra… de nuevo. Cuidando de verificar la dirección del hijo y de medirla antes. Pero aún así quedaron algunos hilos sueltos, no me subestimen, aprendo rápido, ni loca iba a tirar de las hilachas otra vez.
Miré mi obra (que ni siquiera empezaba), y orgullosa de mi labor, levanté el bastidor por encima de mi cabeza cual si fuera una ofrenda a los Dioses y reí maniáticamente, sintiendo toda mi superioridad de ser humano pensante y me llegó una idea genial: ¡Y claro! ¿Qué nos diferencia de los demás animales? ¡El fuego!
En un torbellino de orgullo encendí una vela (con aroma a canela) y me propuse quemar los hilitos y a librarme de ellos para siempre… ¿Sabían que el Lino es una tela muy inflamable? Bueno, yo no lo sabía.
Lo curioso era que mientras más lo soplaba, más se encendía, lo moví por el aire de un lado a otro, como una porrista con un extraño tic nervioso, a ver si se apagaba, pero ¡nada!, al final tuve que meterlo en agua para apagarlo, ya que el fuego, entusiasmado, crecía conforme a mi histeria.
Pero está bien, hay que ver el lado positivo de las cosas, al menos ya tengo la práctica, me dije, ahora sé como hacerlo bien. (Soy más cabeza dura de lo que se puedan imaginar) Nuevamente saqué lo que quedó de la tela y me resigné a engrapar una nueva.
En ese momento, mis dedos martillados y pinchados; mis manos cansadas de tirar, tensar, engrapar y encima de todo, algo quemadas, le ruegan a mi cerebro que por favor vayamos a la tienda (que, dicho sea de paso, queda a unos de 15 minutos de distancia) y que compremos un soporte hecho y listo para usar… ¡Imposible! -Gritó mi cerebro- Era personal, de ninguna forma iba a dejar de un objeto inanimado nos dejara fuera de combate. Le ordenó al resto de mi cuerpo que pusiera manos a la obra y así lo hicimos.
Luego de repetir la batalla de tensado-engrapado nuevamente, terminé con un hermoso soporte, tenso, limpio de hilos, y listo para usar. Lo analicé de todos los ángulos posibles y el único defecto que tenía, era una grapa un poco suelta, la saqué, sujeté la tela con un dedito, agarré la grapadora para ponerle una nueva y disparé.
Lo primero que se siente al clavarte en un dedo una grapa para madera es… absolutamente nada. Más, no me crean a mí, capaz que fue la situación, puede que la frustración que sentía en ese momento y el deseo de romper cosas, gritar, maldecir, y espetar al autor del condenado libro en un palo, le impidiera a mi cerebro procesar la información de que, en efecto, ¡tenía una maldita grapa en el dedo!.
Me quedé mirando sin hacer nada y preguntándome que clase de ser maldito fui en una vida pasada para merecerme semejante experiencia. Luego, al ver como mi sangre manchaba el lienzo se me ocurrió que iba a tener que cambiarlo ¡De nuevo! y reaccioné, fué cuando sentí el dolor de 8 mm de hierro bien metidos en tu dedo.
Mientras me limpiaba con alcohol, repasé mentalmente los eventos de esa mañana y no pude hacer más que reírme… para no llorar, supongo. Y seguido, ir a la tienda más cercana a comprar un soporte preparado.