Archivo para April, 2005

Escondida Tras el Crucifijo

Saturday, April 30th, 2005

La vi caminar entre la multitud, cosa rara porque para mí no era más que eso, una multitud, léase: Una masa asquerosa y palpitante de gente que amenazaba a cada segundo con violar mi burbuja de privacidad, con robarse una tajada de mi espacio personal. Sin embargo, ella me pareció diferente, caminaba rápido, como si estuviera tratando de perderse de alguien, y yo -que trataba de perderme de la multitud- me encontré caminando a su lado.

Era una señora mayor, se veía muy… católica (sin deseos de ofender). Quizás por eso me llamó la atención, verla tan sobria y que las comisuras de sus labios me hablaran de travesuras, verla tan anciana y que sus ojos me hablaran de la juventud eterna de quién conoce el misterio de la vida.
Y me chocó, pues no había culpa en esos ojos, ni en esa sombra de sonrisa. Y busqué desesperadamente una señal, miré su cuello en donde desde un collar de oro colgaba un crucifijo. No lo podía creer. Dejé de analizarla y seguí mi camino.

Al llegar a mi destino, me olvidé de la señora y me sumergí en el maravilloso mundo de la literatura. Una vez al año tengo la oportunidad de encontrar algún libro interesante, que sólo sobrevive por esconderse cubierto de polvo y ser olvidado en la parte de atrás de la estantería con la esperanza de ser encontrado por alguien cuyo nombre no aparece en el diccionario.

Luego de rescatar algunos ejemplares del olvido, voy hasta la caja registradora a pagar, en mi camino encuentro la agenda que estaba buscando y la agrego a mis compras. Esperando en la fila, mientras repaso mi botín, escucho una voz y siento esa sensación de familiaridad. Miro alrededor y la veo de nuevo. A la señora. A la que descolocó mi sensor.

Y escucho: “Agenda… Llewellyn…” El dependiente la mira con desconcierto, no sabe de lo que habla. Yo, sin salir de mi sorpresa, miro mis compras. “¿Será posible? Pero… ¡Tiene un crucifijo!”
La mujer mira por encima de su hombro, de nuevo, esa sensación de que la están persiguiendo, miro sus compras, algunos libros de pintura, uno que otro libro de cocina, punto de cruz y asomando una tímida esquina reconozco al Diccionario de la Botánica Oculta sobre otros libros que no puedo ver. Eso puede significar cualquier cosa, me dice mi mente. Pero la señora insiste, ahora con dos empleados, la agenda aquella, y se acerca al oído del joven y le dice algo, a lo que él abre los ojos son sorpresa y la mira con la boca semiabierta.

Y yo que me dejo llevar por la locura, a riesgo de ofender a la señora del crucifijo, agarro mi agenda y se la muestro. “Perdón, no pude evitar escuchar… ¿Esto es lo busca?”
“¡Sí! ¡Esa es!” responde ella y el empleado que todavía no termina de salir de su sorpresa mira al suelo y dice “No, no, esa es la última… no es… un libro que compre todo el mundo, eran pocas”

Ella suspira con decepción y se va a seguir buscando entre las estanterías algún otro ejemplar que se haya escondido bajo el polvo.

Yo paso unos minutos pensando al respecto y luego me salgo de la fila para buscarla.
“¿Sabe que? Quédese con esta, yo ya tengo una para este año.”

Ella se deshace en agradecimientos, yo le recomiendo otro local en donde podrá encontrar literatura… especializada. Ella me agradece nuevamente “Que Dios la bendiga” -dice ella algo dubitativa, como queriendo decir otra cosa- a lo que yo sonrío y le respondo “Bendiciones… y Feliz Beltane” su sonrisa se amplía como la de un extranjero a quién finalmente le hablan en su idioma. Una mujer que recién entra con dos niños se acerca y le pregunta si encontró lo que buscaba. La anciana esconde su sonrisa y le dice que sí, que encontró el libro de cocina que estaba buscando y algunos otros de punto. Los nietos la miran con una pregunta sin hacer en el rostro, ella sonríe y les guiña un ojo casi imperceptiblemente, yo estoy parada a su lado mirando el intercambio con fascinación, casi sin percatarme que la mujer más joven me mira de pies a cabeza. Yo me fijo en su cuello, un crucifijo; ella se fija en el mio, desde donde cuelga un orgulloso pentáculo. Ella me dice “Disculpe” en realidad queriendo decir “Aléjese de mi familia hermosamente cristiana” yo le sonrío y le deseo un buen día.

Y luego no hago más que alejarme, sonriendo al saber que por sobre todas las cosas, la Tradición sobrevivirá, a pesar de que sea oculta tras el crucifijo, y sintiéndome feliz de poder comprar, cuando quiera, la Agenda de las Brujas sin tener que esconderla debajo de otros libros.

El Monstruo de los Celos

Tuesday, April 12th, 2005

Yo tenía 17 años y estaba enojada con el mundo.
Él tenía 18 y estaba enamorado del mundo.

Por teléfono…
M: Andaba con alguien, te digo.
C: ¿Con quién? ¿Cómo lo sabes?
M: No sé su nombre, era una chica, el auto olía a perfume de mujer.
C: ¿Cuándo? ¿A que hora?
M: Hoy mismo, hace unos 15 minutos.
C: Vale. Averigua lo que puedas.

Cuelgo el teléfono, espero unos minutos y vuelvo a llamar al mismo número:
M: ¿Hola? -Como si no supiera quién es-
C: Hola, ¿cómo estás? ¿Me pasas con J? -Como si no hubiera hablado con ella hace cinco minutos-
M: Bien, bien, gracias, sí, ahora te paso.
J: Hola
C: Hola amor, ¿Cómo estás? ¿Llegaste hace mucho? -Como si no pasara nada-
J: Bien, linda. No, llegué hace un ratito.
C: ¿Cómo te fue?
J: Bien, bien. Fui con Hamlet a la casa del “Perro”
C: Ah si, me contaste que se mudó.

Luego de un rato de conversación insustancial, cuelgo y llamo a otro número:
C: Hola, loco, ¿qué tal?
Hamlet: Bien, mujer, dichosos los ojos.
C: Trabajo y estudio… Tu sabes.
Hamlet: ¿Yo? *Risas*
C: *Risa falsa* Verdad. Oye, te llamo para preguntarte como carajo se llega a la casa de Henry “El Perro”. Me contaron que el departamento es impresionante.
Hamlet: Ni idea. Sé que se mudó, pero todavía no fui.
C: Ah, entonces le voy a preguntar a J. Seguro que él sabe.
Hamlet: Tenías que llamarlo a él primero, loca.
C: Sí *Risa falsa* …No sé que estaba pensando.

Ese día terminó con la semilla de los celos germinando dentro de mí. Cada día que pasaba crecía un poco más, y se convertía en algo diferente. Yo hacía le preguntas que parecían casuales y le sacaba información. Los reportes diarios telefónicos de M. rellenaban los espacios en blanco.

En esa misma semana, en el auto M. encontró un estuchito de polvos compactos y un lápiz labial color café. Por las tonalidades, decidimos que la chica en cuestión era morena.

Unos días después, por teléfono, a la hora del reporte.
M: Tengo que contarte algo…
C: Vale.
M: No quiero que te enojes demasiado, ni que hagas nada de lo que puedas arrepentirte.
C: Vale.
M: Encontré un brazalete de plata en la habitación del fondo. Y no es de ninguna de nosotras.
C: *Calmada* Ok.
M: Le pregunté a Junior si era de su novia, pero me dijo que no vino en esta semana.
C: Ok.
M: ¿Estás entendiéndome?
C: Sí
M: ¡Encontré un brazalete de plata en la cama!
C: Sí, te entendí.
M: ¿No estás enojada?
C: No te imaginas. Me faltarían palabras para describir cuánto.
M: Te enojas raro.
C: …Estoy pensando.

La situación se había puesto complicada, requería de medidas más drásticas. Quería un nombre, y lo quería ya mismo, alguien a quién culpar, alguien por quién no sintiera nada.
Fueron tiempos horribles, tenía que callar, quería gritar de enojo, rabiar, pegarle a alguien, y no podía. Así que me la desquitaba en el gimnasio, levantando pesos por encima de lo normal y pegándole al sandbag como si fuera mi peor enemigo.

Ese mismo día, en una esquina solitaria y oscura de un barrio anónimo.
C: Necesito un favor.
B: Habla.
C: Quiero saber la ruta de alguien.
B: ¿¡Pero tu te crees que nosotros somos una agencia de detectives!?
C: Por eso es un favor.
B: No me jodas.
C: ¿Con quién cuentas si te agarran?
B: *Silencio*
C: Dime, si caes preso. ¿Quién te saca?
B: *Silencio*
C: Bueno, está bien, te entiendo. Quizás la próxima vez que me llames desde la jaula no estaré disponible.
B: Está bien. ¿A quién?

Dos días después me enteré de que todos los días se iba a cierto centro de estudios, de ahí salía con una chica -descripción aquí- y se iban a pasear por ahí. Después se iban a un departamento y al pasar un tiempo él la llevaba de vuelta al centro de estudios.

C: Gracias. Tu sabes que puedes contar conmigo. No por el favor.
B: Lo sé. Oye, ese es tu novio, ¿verdad?
C: Sí.
B: ¿Tu quieres que lo pique? Yo llamo a los muchachos y lo linchamos… y a la tipa esa también.
C: No, no. De eso de me encargo yo… Pero gracias por la intención.

Ese mismo día, por teléfono:
C: ¿Tu vas a -nombre del centro de estudios-?
Rebeca: Sí
C: Quiero que me ubiques a alguien.
Rebeca: Cuenta.
C: Es una muchacha, delgada, morena, pelo negro. Todos los días se sube a un auto gris a eso de las dos de la tarde y regresa antes de las seis. Debe de ser más o menos de nuestra edad.
Rebeca: Te llamo.
C: Vale.

En medio del drama, yo seguía actuando como si no pasara nada. Como si no me hubiera enterado de absolutamente nada. Cosa que hacía que mi rabia creciera cada vez más hasta alojarse en el centro de mi pecho.

Al día siguiente, Rebeca ya tenía los resultados de la búsqueda:
Rebeca: Se llama Loli.
C: ¿Apellido?
Rebeca: No hace falta. Vive en… y su teléfono es… Vive con su tía, sola.
C: ¿La conoces?
Rebeca: Sí, está en mi clase. No la soporto. Es una puta. Y peor aún, le gustan los hombres ajenos. Nadie por su casa la aguanta. Nadie quiere saber de ella.
C: Ya. Gracias.
Rebeca: Oye, si vas a hacerle algo, cuéntame ¿Ok?
C: No. No voy a hacer nada.

Y puede que en algún rincón de mi mente de verdad lo creyera. Que de verdad creyera que sabiendo quien era no iba a hacer nada.

La llamé al instante, hablé con ella, traté de ser razonable, le expliqué que el chico a quien estaba viendo ya tenía novia desde hacía mucho tiempo, que lo sentía mucho, pero que tenían que terminar fuera lo que fuera que estaban haciendo. Ella me respondió que ya sabía que tenía novia y que no le importaba, que no era problema de ella, que “el que tenga tienda, que la atienda, o que la venda”. (Strike one)

Le hablé calmadamente, sin gritarle, sin levantarle la voz siquiera, pero ella no entendía de razones. Le conté que su novia es media loca, -o loca y media- y que se anduviera con cuidado… Que su novia sabe en dónde vive. Ella insistió en que no le importaba y terminó con un “¿Y? No le tengo miedo a nadie, y menos a una santa virgencita” (Strike two)

Yo aún trataba de hacerla entrar en razón, no es posible que alguien sea tan… inconsciente,
“Loli, yo soy su novia” -Le dije- Quizás esperando escuchar algo de arrepentimiento en su voz.
“¿¡Y a mí que me importa!?” (Strike three. You’re out.)
“Entiendo” -y colgué.

No sé bien si fue por pasar tanto tiempo fingiendo que no pasaba nada y tratando de ocultar mi indignación y mi enojo, pero la reacción violenta que esperaba, no llegó, sentí como que todo se nublaba a mí alrededor y así, entre la neblina, me encontré tocando a su puerta.

Una muchacha joven me atendió. “¿Loli?” le pregunté, ella me miró extrañada “Sí.”
“Soy C, la novia de J.” No se lo estaba esperando, no tan rápido al menos, se sorprendió un segundo y luego me miró con… ¿tedio? ¿aversión? y me respondió un despreocupado “¿Y?”

Y fue entonces cuando vino la reacción violenta. Sentí como corriente eléctrica subiendo por mi columna vertebral. Mis manos se cerraron hasta clavarme las uñas en las palmas y formar puños apretados. Un zumbido crecía en mis oídos. Y todo se volvió rojo ante mis ojos… El monstruo había salido.

Mi puño se estrelló de lleno contra su cara.
“¡Y… no quiero que vuelvas a verlo!” -Le grité-

Ahora, absolutamente sorprendida, ella se llevó ambas manos a la nariz y con ojos llorosos me gritó “¡¿Como te atreves?! ¡En mi propia casa!”

Le pegué de vuelta, y otra vez, y otra vez, ella no hacía nada eficáz por defenderse, levantaba los brazos tratando de cubrirse de los golpes. A través de la niebla de la ira, tardío, me llegó su mensaje. La sujeté del pelo y prácticamente la arrastré hasta la calle. “¡Ahora no estás en tu casa!”

Seguí pegándole, con cada golpe crecían las ganas de golpearla de nuevo, ella trataba de correr y yo la tiraba del pelo para traerla nuevamente, mis puños impactaban en su cara, en sus costillas, en su estómago, en todas partes. Ella gritaba cosas que no se registraron en mi mente.

Lo único que veía en mi mente era su mirada y ese irrespetuoso “¿Y?”
Mi cerebro lo repetía, como una película macabra, todas las cosas que dijo que me dolieron me llegaron juntas en un segundo. Ella y J, en la cama. Ella ocupando mi lugar. Ella altivamente diciéndo que no le importa. Ella diciéndo que no tenía miedo.

Le gritaba: “¡¿Ahora te importa?! ¡¿Ahora tienes miedo!?” Ella respondía entre sollozos, pero yo no la escuchaba. Quería lastimar como me habían lastimado a mí.

La gente se reunía alrededor para ver la pelea, pero nadie hacía nada. Ella finalmente cayó -o se tiró- al suelo, y se hizo un ovillo, yo la patee varias veces en el tórax y una que otra vez en el rostro. Algún espectador dijo: “la va a matar” Yo me decía que tenía que detenerme, que en efecto, si seguía, la iba a matar, pero no encontraba fuerzas para dejar de golpearla, el monstruo era mucho más fuerte que yo.
“¡Respeto!” le gritaba una y otra vez entre golpes.

De algún lado salió su tía, alguien lo avisó: “Mira, mira, ahí viene Fulana, se va a meter”
Yo llevé mi mano al bolsillo trasero de mi pantalón y saqué una navaja. Puse una rodilla en el suelo, la sujeté del pelo y llevé la navaja a su cuello. Se hizo silencio absoluto. Le sisee a su tía que ni siquiera pensara en acercarse.

Era una señora mayor, parecía más una abuela que una tía. Ella se detuvo y me miró, en sus ojos, había miedo e incertidumbre, pero también vi comprensión. Cómo si de alguna forma ella supiera por qué estaba pasando eso, como si secretamente, lo hubiera esperado. Tal vez fué esa mirada la que me dió las fuerzas necesarias para detenerme.

Le hablé al oído a Loli: “Escúchame bien, si alguna vez te veo cerca de él nuevamente, volveré y te mataré a golpes, aquí mismo, en el frente de tu casa. Quiero que te olvides que existe. Si lo ves caminando por la calle, quiero que te cambies de acera, porque si me entero que pasaste a dos metros de él, voy a volver, Loli.
Si te llama, no vas a hablar con él. Si te busca, lo vas a ignorar… Y si alguna vez me ves en la calle, corre, ¡corre!, porque si te vuelvo a ver, te haré recordar el día de hoy… y no seré tan considerada como ahora. ¿Entiendes?”

Ella asintió sin decir una palabra. Yo me levanté y fui hasta donde su tía, le di mi tarjeta, con mi nombre, mi teléfono y mi dirección. “Si tiene algún problema con lo que pasó aquí, ya sabe a dónde ir y a quién buscar.”

Luego, simplemente me alejé. Sin mirar atrás.

Siento como si no hubiera sido yo, como si otra persona hubiera ocupado mi lugar mientras yo miraba todo desde afuera. Sin embargo, desde algún rincón de mi mente sabía para qué había ido, si no ¿Qué hacía yo allí? ¿Por qué fui?

Al volver en mí, en el camino de regreso a mi casa. Miré mis manos llenas de sangre, hinchadas, mis nudillos raspados y recordé su rostro inflamado. Miré mis dedos, todavía con algunas hebras de pelo negro entre ellos y recordé su cuero cabelludo sangrante en donde había lo desprendido a tirones de raíz. Miré al suelo, con vergüenza, ví mis botas y recordé su sangre brotando ante cada patada. De algún rincón de mi memoria me llegó el recuerdo de su voz: “Perdóname, perdóname.”

Me desvié de mi camino y fui hasta la casa de J. Así como estaba, él me miró alarmadísimo y me preguntó que había sucedido, que si estaba bien, que si estaba herida. ¿Herida? No se imaginan. Le dije que había ido a visitar a Loli. Él se quedó serio, se sentó y no dijo nada más. No trató de negarlo. No trató de justificarse. No trató de hacerse el desentendido. Y yo no le conté nada.

“Nunca más” fué lo único que le dije antes de darle la espalda y alejarme.

No me siento orgullosa de lo que hice ese día.

Recuerdo en un concierto, años después, vi un rostro familiar entre la multitud, traté de ubicarlo, pero se alejó corriendo.

Espero que algún día ella sepa perdonarme.

Vacaciones: Cosa de Locos

Wednesday, April 6th, 2005

Oh sí, por primera vez en mi vida de adulta me tomé unas vacaciones.
Dejé todo el trabajo de lado y decidí despreocuparme un tiempo y pasarla bien.

No pensé para nada en el momento. Sólo empaqué y me fui… En pleno tiempo de pascua… Verán, acá no hay vacaciones colectivas, todo el mundo usa esa semana para irse de vacaciones, sin embargo, yo no soy católica, ¿cómo carajo iba a recordar algo así?.

Me fui esperando encontrar paz y tranquilidad, escapando de la ciudad… y la ciudad me siguió.

Una cosa es estar dispuesta a prescindir de ciertas comodidades como luz y agua permanentes, servicio a domicilio, agua caliente, aceras y calles asfaltadas con tal de disfrutar un poco del silencio y la tranquilidad del campo y otra cosa es tener que aguantarse todo eso con el ruido y la multitud de la ciudad.

Sí señores, me vi en medio de la nada, rodeada por las cuatro esquinas de: *música de misterio* Gente.

Ahí estaba yo, queriendo conectarme con la Madre Naturaleza y la única conexión que hice fue la de mi bota con una plasta enorme de mierda de caballo.

Pero está bien -me dije-, no hace falta que me vaya a explorar la montaña, puedo aprovechar el tiempo para dormir tranquila y recargar las baterías.

No se imaginan la cantidad de bichos que hay en ese lugar. Es cómo una dimensión desconocida en dónde los Artrópodos son dioses y señores. En serio, ví la araña más grande que he visto en mi vida… Y miren que he visto tarántulas muy bien alimentadas.

Soy de esas que dicen “vive y deja vivir”, así que cuando se acercó un mosquito y me picó, me dije a mí misma que era su ciclo vital y que tenía que dejar que lo cumpliera, lo dejé que se fuera y al parecer, le contó a toda su familia, amistades y conocidos sobre mí, porque luego vino otro, y otro, y otro, y cuando me empecé a marear por falta de sangre -Exageración superlativa absoluta- decidí levantarme de la cama y comenzar la búsqueda de un ventilador de pie -más viejo que el hambre- que había visto por ahí.

Coloqué el ventilador al lado de la cama, lo puse en modo giratorio y lo encendí, luego solté un suspiro de alivio dando gracias porque haya funcionado… No pasaron ni cinco minutos cuando la reliquia se desarmó… No sé ni cómo explicarles, supongo que lo más cercano a una explicación sería decirles que sufrió una fractura de cuello, (fotografías para la próxima) lo apagué y me quedé mirándolo fijamente, cómo si haciendo esto pudiera, mediante poder mental, repararlo.

Me levanté nuevamente de la cama y dado que era una emergencia -¡Para mí lo era!- Y que había una fractura de por medio, decidí hacer uso de mis conocimientos de primeros auxilios. Le hice un entablillado con una rama y usé masking tape para sujetarla. Encendí el aparato para ver que tal andaba y para variar: Mi loca idea ¡Funcionó!

Me acosté sintiéndome superior, al poco tiempo me dormí y comencé a soñar sobre mosquitos aviadores que lanzaban sus bombardeos por todo mi cuerpo. Me fui despertando poco a poco para darme cuenta que el bombardeo era real, el ventilador estaba apagado y los mosquitos volaban por todas partes haciendo de mi cuerpo su diana.

Revisé el ventilador y todo parecía estar bien, encendí la luz y nada… Era un corte eléctrico.
Negándome a estresarme me levanté de la cama y fui por una de esas espirales repelentes de mosquitos que había visto en otra habitación, quizás sea un mal karma, pero a estas alturas ya me importaba poco, coloqué la espiral, no sin antes pedirle perdón a cualquier deidad que pueda incomodarse por la acción.

EspiralNuevamente volví a dormitar, desconfiada, abría los ojos a cada tanto para observar la espiral, porque con mi suerte, capaz que armaba un fuego y moría calcinada. Me llamó la atención que no tan sólo los mosquitos seguían volando a mi alrededor, sino que cruzaban por el humito que despedía el supuesto repelente y como que los revitalizaba. Me los imaginaba diciendo cosas como: “Seh loco, que flasheo maaaal” o hablando con acento rasta-jamaiquino diciendo: “Yeah mon, dis is di good shit, let’s black up, bredda, mek we throw a bashment in ya”

Cosa que me preocupaba, más que nada, porque no sé un carajo de slang rasta y pienso que tal vez el espiral me está afectando a mí también. Así que decido apagarlo y terminarle la “fuma” a los mosquitos fiesteros.

De algún rincón de mi mente me llega el recuerdo de un mosquitero, y escucho un coro cantando el aleluya en mi mente, lo que me confirma que hice bien en apagar el coso ese, porque desde luego estoy drogada.

Voy en busca del capataz a ver si sabe en dónde está. Luego de andar toda la finca, de tropezarme unas cuatro veces, de meter la bota en estiércol unas cuantas veces más y de soportar el ataque de los mosquitos todo el trayecto, lo encuentro, me entero de la ubicación del mosquitero y me propongo a buscarlo, regreso a la casa, todo el camino con mis fieles compañeros: los mosquitos.

Voy hasta el armario y luego de rebuscar un poco, veo una pieza de tela “mosquiteríl” entre todas las cosas y tiro de ella. Caen al suelo -en este orden- un montón de ropa vieja, el mosquitero, sábanas, una colcha para el frío y un muy enojado ratón, que luego de mirarme con odio corre de vuelta al armario.

Yo me quedo en estado de shock.

No es que le tema a los pequeños roedores que aterrorizan a la mayoría de mi género y secretamente a la mitad del sexo opuesto; si no que la ropa que llevo puesta en ese momento la saqué del armario en cuestión, no precisamente de ese lugar, pero sí de ese armario… Y para alguién que se lava hasta las pestañas con alcohol isopropílico -sin exagerar- eso es como pasar las ropas por aguas negras, hacer que un camión de tuberculosos le escupa encima, limpiar el suelo de tres baños públicos, secarle el sudor a cuarenta obreros, meterla en un balde lleno de pus, frotarle el pelaje a un rebaño de vacas con ántrax, hacer que quince borrachos le vomiten encima y luego ponétela.

Sin pensarlo dos veces, me saco la ropa y corro a la cocina en busca de una escoba, se apodera de mí un instinto asesino que hasta ese momento había reservado exclusivamente para ciertos humanos, y comienzo a sacar con furia todas las cosas el armario para encontrar a la bestia infame que tuvo la osadía de tocar mi ropa con sus asquerosas bacterias.

El ratón sale nuevamente y logra esquivar todos mis golpes furiosos corriendo hacia el baño, yo lo sigo, dando palos por todo el camino y tirando un par de cosas en mi maratón destructivo.

El se esconde quién sabe dónde, yo voy por la gata y la llevo al baño… supongo que se sintió intimidada al ver a su ama hecha una furia, en paños menores y con un palo en la mano, gritándole que lo encontrara, me mira con la confusión pintada en el rostro y trata de salir del lugar, yo le bloqueo el camino y le digo que de ninguna manera, que tiene que encontrar al ratón. A ella, ahora aterrorizada, no se le ocurre otra idea más que treparse por la cortina de la ducha, -haciéndola trizas-, y escaparse por la ventana.

Mi enojo crece aún más, hasta convertirme en una especie de mujer de las cavernas y con un grito de guerra que sonó más a rugido que a vocalización, comienzo a tirar todo de las estanterías al suelo. Encontrar al roedor es indispensable y no pienso en nada más que en eso.

El recorrido, de habitación en habitación nos llevó hasta la cocina, en dónde logré acorralarlo en una esquina. Levanté la escoba por encima de mi cabeza y… No pude matarlo. Se quedó mirándome con sus ojitos negros y me dio pena.

El ratón pareció darse cuenta, porque hizo un sonidito que luego traduje como un: “¡Já! ¡Estúpida!” Y se fue corriendo a esconderse a otro lado.

El capataz escogió ese exacto momento para regresar, junto a su esposa e hijos. Se quedaron parados en la puerta pasando la vista del desorden que yo había armado a una mujer adulta parada en medio de la cocina, en posición de ataque, con pose de bateador de grandes ligas, escoba en mano y en ropa interior.

Yo me limité a bajar la escoba y como si nada pasara, irme a mi habitación diciendo: “Hay un ratón detrás de la estufa.”

Eso no fue lo único -ni lo último- que pasó en mis vacaciones, pero sí es lo único que les contaré… al menos hoy.

Luego de esas vacaciones, regresé a la ciudad, al ruido y al estrés, feliz de la vida, alegre por regresar a los problemas previsibles… Y los que no lo sean, siempre los puedo resolver llamando a Control de Pestes.