1.- Llegar dos horas tarde y ni siquiera presentar una excusa válida.
2.- Invadir el espacio personal de la otra persona.
3.- Decirle que estás dispuesto a cualquier con tal de meterle en la cama. Incluso pagarle.
4.- Hablar sin parar sobre tus problemas, tus asuntos, tus líos. Especialmente cuando ni siquiera le preguntaste a la otra persona: “¿Cómo estás?”
5.- Eructar y/o pedorearte. Especialmente durante la cena.
6.- Escupir comida masticada en tu plato.
7.- Picarte los dientes con un palillo o usar hilo dental en la mesa.
8.- Tocar con las manos la comida de tu acompañante… Luego de chuparte los dedos.
9.- Secuestrar la conversación contando una película de principio a fin.
10.- Auto invitarte a la casa de tu acompañante.
11.- Ponerte a leer un libro o revista durante la velada.
12.- Oler el pelo (o cualquier otra cosa) de tu acompañante, especialmente cuando ya te dejó claro que no le gusta que te acerques.
13.- Suponer (y decirle) que estar contigo es más importante que cualquier cosa que tú acompañante tenga que hacer.
14.- Ofrecerte a chuparle los dedos de los pies a tu acompañante. Especialmente cuando ni siquiera se anima a darte un beso en la mejilla.
15.- Ofenderte si luego de ignorar los puntos anteriores, la persona en cuestión se niega a volver a salir contigo, jamás.
Seguro que piensan “Duh, obvio!” Al leer eso, yo también pensaba que estaba todo muy claro, les cuento…
Desde hace algunos días he estado tratando de convencerme de que necesito salir un poco más del cubil antes de convertirme en una de esas personas raras que hablan solas y se la pasan… Bien, digamos que tengo que salir, así que cuando un amigo me invitó a salir a cenar, acepté sin meditar mucho al respecto.
Aún estaba en mi casa cuando todo comenzó a salir mal. El amigo, llamémosle Pancho, quedó de pasarme a buscar a las 7:00 p.m. Le había dicho que tenía algo de trabajo pendiente que quería terminar esa misma noche, así que sería una salida rápida. A las 8:00 p.m. me llama para decirme que llegará un poco tarde. Le pregunto en donde está y me responde que de camino… a su casa.
Luego de (supongo) bañarse y vestirse estuvo tocando a mi puerta a las 9:00 p.m.
Ni bien salgo a recibirlo, malhumorada, porque a mi entender la impuntualidad debería de ser un pecado capital castigado con azotes en la plaza del pueblo. Se me acerca todo lo que puede sin tirarse encima de mí y me dice “hola” de lo más pancho (por eso el pseudónimo). Yo me aparto y aseguro la puerta antes de dedicarle una mirada asesina, que él ignora como si no estuviese dos horas tarde y como si no hubiera violado mi sagrado espacio personal.
Sin embargo, sigo determinada a pasarla bien y pienso en cosas lindas en el trayecto al lugar en dónde cenaríamos para ponerme de buen humor nuevamente, mientras él me cuenta sobre su trágica vida (que no es para nada trágica). Elegimos mi mesa favorita y nos sentamos, el camarero nos trae el menú, que ninguno de los dos necesita ver, porque frecuentamos el lugar bastante y nos sabemos de memoria todo lo que ofrecen, pero esa noche Pancho estaba particularmente necio y decidió que quería ver el menú…. Durante al menos media hora. Haciendo pausas para seguir contándome sobre la desgracia que es no encontrarse una novia. Yo asiento, y hago los comentarios apropiados, pensando en si agregar los iconos a una página que estoy actualizando o si mejor dejo texto, o sea sin prestarle atención, y no es que haga falta, porque ya me se toda la conversación de memoria, ¡la vengo escuchando hace 3 años!
Finalmente Pancho se decide por lo mismo de siempre y hacemos la orden. Mientras esperamos sorpresivamente me pregunta como estoy y qué hay de nuevo en mi vida. Ni bien digo la primera oración me corta con un “ah sí, eso me acuerda la película… cuando…” y comienza a contarme la película en cuestión como si fuera narrador radial de años atrás. Yo me quedo escuchando su retahíla de porquerías y pensando “¿Qué mierda hago yo acá?” Lo dejo saltar de un aburridísimo tema a otro, en donde me cuenta sobre su vida, sus problemas, su familia, etc., etc., etc.
La comida finalmente llega y tengo el honor (sic) de observar con lujo de detalles modales propios de un animal salvaje en la mesa. Agradezco que al menos no está hablando con la boca llena y fijo la mirada en una pecera al fondo mientras como. Escucho una risita mal contenida y lo miro a él, masticando mientras me suelta un halago propio de un hombre de neardental: “comes lindo”. Yo me quedo asombrada, no por el supuesto halago, sino por la forma en la que la comida se mueve de un lado a otro en su boca y como se pega a sus dientes del frente mientras me observa esperando una respuesta. Respondo con unas “gracias” por pura cortesía mientras empujo mi plato. Él me dice que no tiene que darme vergüenza, que siga comiendo. Yo contengo las ganas de salir corriendo de allí y le pido al camarero que retire mi plato. Más el asunto no terminó ahí, en un momento Pancho deja de masticar, se inclina hacia adelante y escupe una plasta de comida semi masticada en el plato mientras hacía un gesto de asco. “¿Hueso?” Le pregunto, aguantándome las náuseas como puedo y él me explica “No, se me metió algo en una carie”, yo me quedo muda de puro espanto mientras lo veo pedirle al camarero que le traiga unos palillos. Yo, ¡oh ingenua!, me creo que se excusará para ir al cuarto de baño, pero no, justo ahí en la mesa lo veo picarse la muela en cuestión hasta que sale volando un pedazo de Dios sabe qué, para luego seguir comiendo como si no hubiera pasado nada.
El resto de la velada no la voy a describir, porque de otra forma sería aún más largo, pero por las reglas antes escritas se harán la idea.
La tortura no terminó en el restaurante, oh no, una vez que me salimos de allí y estaba frente a mi casa, me despedí rápidamente y abrí la puerta del auto con miedo de que si se desmontaba a abrirla capaz que me pedía pasar. Pero no funcionó, porque ni bien pasé por la puerta de entrada ya Pancho estaba dentro.
Estuve aguantando sus malos modales (que incluyen sacar una revista Cosmopolitan de su mochila y ponerle a leer mientras yo le miraba en lo que ahora interpreto como estado de shock) hasta la una de la madrugada. Para ese momento ya estaba un poco más que jodidamente encabronada y Pancho tiene las gónadas de preguntarme que no sabe por qué no puede conseguirse una novia. Lo miro un segundo y me doy cuenta de que espera que yo le conteste. Le pregunto “¿De verdad quieres que te diga?” A lo que él me responde que “claro que sí”, pero no ofendo de gratis, así que le pregunté de nuevo “¿Honestamente o quieres que sea cortés?” …“Honestamente”
Y fue ese momento el que me dió la oportunidad de cobrarme todo lo que me aguanté esa noche. Para cuando terminé de responderle, Pancho me miraba con cara de “No lo puedo creer”. Cuando se justificó diciéndome que no tenía que tratar de impresionarme porque somos amigos y que yo no podía “hablarle así”, fue cuando supe que la amistad no tenía salvación.
Lo peor de todo es que al despedirse tiene el coraje de decirme que “si alguna vez volvemos a salir…” ¿¡QUE!? ¿¡ESTÁS DEMENTE!?
No quiero entrar en los demás detalles, porque Pancho lee este diario y no quiero ofenderlo más de la cuenta, pero anoche tuve que bancarme pedos, eructos, comida masticada, acoso sexual y muy mala educación en general, creo que estoy en todo mi derecho de despotricar un poco.
Pancho: ¿De verdad que no sabes por qué no consigues novia? Eres maleducado, no eres atractivo, nada interesante, eres vago y tu sentido del humor apesta. ¿Qué tienes para ofrecer además de mal olor corporal? Absolutamente nada. Ni como esposo, ni como novio, ni como amigo, y a veces creo que ni siquiera como ser humano.
Revísate, porque como sigas así no vas llegar a ningún lado.
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